La gata

Un ángel dorado apareció una mañana de invierno. Con su piel  de pluma templaba el gélido amanecer. Con un agudo gritito  feliz llamaba al amor.

Cayó a la tierra de un saltito, amortiguando su caída con  rosadas almohadillas calientes y una mirada inocente sin  planes ni dirección.

Caminó por la hierba con simpleza, rabo en alto.

La gata, de triángulos de peluche, está hecha de pelusa.  Su pelaje blanco y de rayas es puro y huele a primavera.  El capricho de los hados creó una máscara nívea en su  rostro, un triángulo invertido desde su frente hasta  sus orejas.

La cocorota del felino, pintada a rayas negras y grises,  dibuja un gorro de duende en su nuca donde linda con el  pelaje que trepa desde sus aterciopeladas patas de nieve.

Su hocico, también triangular, inspecciona con cuidado cada brizna del camino. Pasea en él una mancha dorada  que refleja el recuerdo de su naturaleza angelical.

Juguetona, inocente y blanda ardillita, ratoncito  travieso con manchas de pescado, la diosa Bastet hoy te interroga sobre mí, que te vea jugar con tu alegre vaivén infantil. Que vea tus áureos ojos de niña  seguir a los pájaros en su vuelo, que sienta tus abrazos de jazmín y tus quijadas rosas, tus dulces  besos y mordiscos de bebé a la hora de dormir.

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